domingo, 28 de febrero de 2010

El poder de los medios en las ucronías

Entendidas como ficciones en las que se narran sucesos históricos asumiendo que tuvieron lugar de manera distinta a como la conocemos, muchas ucronías reservan un papel de importancia para los medios de comunicación, decisivos para la resolución de la trama o para sustentar la ideología política de alguno de los personajes principales. Estos medios son críticos con el poder establecido, hasta el punto de ofrecer situaciones ficticias basadas de un modo indudable en sucesos auténticos que sirven como punto de anclaje con nuestra realidad. Como referencia hemos tomado tres ucronías bien distintas entre sí, creadas en tres formatos diferentes (un falso documental, un comic-book y una novela autobiográfica), que se centran en los tres grandes medios de comunicación tradicional: la televisión, la prensa escrita y la radio.


CSA: el poder de la televisión en la sátira esperpéntica


CSA: Estados Confederados de América (2004, Kevin Willmott) es un documental de ochenta y dos minutos montado como si fuese un programa especial sobre los últimos años americanos (uno más dentro de los documentales a los que nos tiene acostumbrados Canal Historia), tomando como partida una Guerra de Secesión en la que el Sur es el bando vencedor. Con Lincoln como prisionero político, el país mantiene una política esclavista, aislacionista respecto a las potencias europeas y expansionista respecto a los estados del Sur; cambia su himno nacional, su bandera y en el futuro cambiarán hasta sus líderes políticos (vemos de un modo un tanto inusitado como en el famoso debate Kennedy-Nixon, a pesar de volver a saldarse con la victoria electoral del primero, se ven intercambiados sus partidos, siendo Nixon el líder demócrata y Kennedy el republicano).

La crítica la recibió con diferentes reacciones, principalmente por su tendencia a la fluctuación entre el “mockumentary” que se toma a sí mismo en serio, la sátira corrosiva y el esperpento fácil. CSA también cuenta con intermedios en los que la publicidad va dirigida a una América estancada en el pasado, retrasada social y culturalmente, con productos como la argolla que detecta si un esclavo ha escapado del recinto en el que le está permitido residir. Fuera de esto, el documental dentro del documental tiene sus mejores momentos de parodia en las manifestaciones de arte confederado, desde una película muda dirigida por David W. Griffith en la que un Lincoln negro es ridiculizado por un grupo de americanos arios muy al estilo de los viejos cortometrajes de Charlot, hasta abiertas parodias de Lo que el viento se llevó o el extracto de la ficticia película I married an abolitionist, deudora por su continente del clásico de terror I married a monster from outer space y por su contenido de la novela de Philip Roth I married a communist.

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Watch La caza de Abe el Deshonesto (1915, David W. Griffith) in Comedy View More Free Videos Online at Veoh.com
El gran fallo que tiene CSA aparte de la fluctuación ya comentada es otra fluctuación, más de fondo que de forma: CSA comete el error que apunta el filósofo esloveno Slavoj Zizek en Lenin disparado en una estación finlandesa del determinismo histórico presupuesto a los marxistas que tanto atacan los neo-con americanos, en concreto Andrew Roberts con su ensayo (inédito en español) What might have been: Imaginary history from twelve leading historians. Zizek establece que la respuesta de la izquierda ante los ataques conservadores occidentales nunca debe basarse en este principio de “necesidad histórica”. Pero CSA no se queda ahí, sino que titubea entre sucesos históricos no sucedidos y los ligeramente manipulados para dar un sentido coherente a su argumento. De este modo, muchas de las imágenes que abren la película y que también sirvieron como montajes promocionales del film consisten en fotografías históricas reconocibles por cualquier persona con una mínima noción de Historia (la llegada del hombre –americano- a la Luna, los cinco soldados izando una bandera en la batalla de Iwo Jima) han sido retocadas para que la bandera protagonista de las imágenes sea la confederada. Así, CSA presupone que aunque el Sur hubiese ganado la guerra estas gestas aún se habrían cumplido: la Guerra de Cuba en CSA se ve como un suceso necesario, algo que debe ocurrir y de hecho desembocar en la victoria americana; el crack del 27 está condenado a suceder y arruinar a miles de norteamericanos, incluso Kennedy recibe una educación radicalmente distinta pero aun así se ve “obligado” a presentarse a las elecciones contra Nixon, y lo que es más, a ganarlas….


Pero del mismo modo CSA inventa sucesos claramente reconocibles con realidades del auténtico siglo XX, siendo el más representativo que los Estados Confederados no intervienen en la Segunda Guerra Mundial. De hecho, el presidente del país, un inventado John Ambrose Fauntroy III, mantiene una política de cordialidad con el Führer, con el que intercambia sus impresiones sobre el tratamiento más adecuado hacia la raza inferior (negros en los Estados Confederados, judíos en Alemania) y con el que establece un acuerdo de no agresión, aunque en la película nunca sabremos si finalmente Alemania gana la guerra o no. Otro hecho significativo radica en que muchos esclavos huyen al país vecino (Canadá), donde la abolición es una realidad bien palpable; y para impedir estos grandes flujos migratorios los Estados Confederados levantan en la frontera un muro bautizado como “El Telón de Algodón”…


Watch CSA: La caÃÂ�­da de John Ambrose Fauntroy V in Comedy View More Free Videos Online at Veoh.com
Es clara la comparación a establecer: la caída de un líder político gracias a una acción orquestada y bien ejecutada por un medio de comunicación (a pesar de que en la ficción partieran de un supuesto erróneo) remite inmediatamente al Escándalo Watergate y a los periodistas Woodward y Bernstein, que siguiendo las instrucciones de un informante consiguieron demostrar la implicación del presidente Nixon en las escuchas ilegales al partido demócrata. No obstante, si se bucea un poco más se pueden establecer una serie de paralelismos basados en el revuelo mediático en mayor medida que una implicación de la prensa propiamente dicha, hasta el punto de hacer caer a un líder político más en una dimensión personal que profesional. Nos referimos al deplorable Escándalo Lewinski, por el cual el presidente demócrata Bill Clinton vio tambalearse su credibilidad política y su vida personal al mantener una relación extramarital con una de las becarias de la Casa Blanca.

Al ser esta “primicia informativa” en CSA más adelantada en el tiempo que el Escándalo Watergate (inexistente dentro del documental) es natural que sea la televisión, y no la prensa; el medio encargado de desenmascarar al líder político. Esto probablemente tenga que ver con la creación del documental en sí (2004), en un milenio donde en nuestro mundo la prensa está por lo general supeditada al aparato televisor.

Para buscar una ucronía en la que el papel del periódico sea crucial para la resolución de los hechos hay que viajar al siglo pasado, concretamente al año 1986, e incluso cambiar de soporte a un manejable y cómodo comic-book por entregas.



Watchmen: el poder de la prensa en la ideología del (super)hombre

Analizar capa a capa, viñeta a viñeta, interpretar todos los símbolos, metáforas, juegos de palabras y demás recursos visuales y retóricos de la obra de culto de Alan Moore y Dave Gibbons sería una larga tarea que nos alejaría de la intención que nos ocupa en este análisis. En lugar de eso, nos centraremos en un breve resumen de la trama y en los momentos clave en los que Watchmen se acerca a la ucronía política.


El argumento de Watchmen se desarrolla en una Nueva York de los años ochenta, en la que el presidente Richard Nixon ostenta el poder en su quinto mandato, y donde los Estados Unidos están a punto de entrar en guerra con Rusia. Los ciudadanos americanos han vivido un siglo XX conviviendo con el típico grupo de justicieros disfrazados dispuestos a detener el mal, el clásico equipo de héroes que podríamos encontrar en cualquiera de los cómics Marvel. A la muerte o jubilación de los miembros de este grupo (los Minutemen), una nueva generación de ciudadanos anónimos americanos (casi todos sin poderes sobrenaturales) busca sustituirlo bautizándose como los Watchmen (los Vigilantes), aunque con los años despertarán en el pueblo desconfianza y recelo, creando una situación de tensión entre héroes, villanos y ciudadanos que acabará desembocando en una huelga de las fuerzas policiales, las cuales obligan al Gobierno a firmar una ley que ilegalice a los justicieros enmascarados. No obstante, el Gobierno mantiene a dos superhéroes en nómina para que trabajen por el país: Jon Osterman, también conocido como el Doctor Manhattan (un superhombre azul con poderes que trascienden los límites del espacio y del tiempo); y Edward Blake “el Comediante”, un guerrillero que disfruta con el dolor ajeno y al que se le encargan las tareas más delicadas del Gobierno. En cuanto al resto de vigilantes, tres se retiran: mientras que Búho Nocturno II procura desaparecer de la vida pública aunque mantiene cierto contacto con su antecesor y Espectro de Seda II (la única mujer del grupo) renuncia a la vida justiciera manteniéndose al lado de su pareja, el Doctor Manhattan; el otro superhéroe, Ozymandias, da a conocer su auténtica identidad y crea una marca propia con juguetes y perfumes basándose en el merchandising de su propio álter ego. El único que se mantiene como superhéroe fuera de la ley es Rorschach, un psicópata urbano con tendencias paranoicas sobre las conspiraciones gubernamentales y al que no le frenan sentimientos de moral o ética a la hora de conseguir sus propósitos, torturando a quien sea necesario con tal de obtener información.


La historia comienza con el misterioso asesinato del Comediante, crimen que Rorschach empieza a investigar por su cuenta ante la indiferencia de la policía. Convencido de que hay una conspiración para eliminar a los superhéroes por parte de los rusos y así desencadenar la guerra soviético-americana, Rorschach avisa a sus antiguos compañeros de andanzas, que mantienen cierto escepticismo respecto a sus ideas. Los acontecimientos se precipitan: en un debate televisivo que tiene por invitado al Doctor Manhattan los medios le acusan de modo inesperado de causar cáncer debido a su radiación (su creación se parece en más de un aspecto a la de La Masa), por lo cual el Vigilante decide exiliarse en Marte. Posteriormente, Ozymandias sufre un intento de asesinato. Convencido de estar sobre la pista, Rorschach visita a un antiguo villano al que cree sabedor de todos los detalles, pero en su lugar se encuentra con una emboscada y es detenido por la policía. Una vez encarcelado es liberado por Espectro de Seda II y Búho Nocturno, quienes descubren que todo el montaje forma parte de un plan de Ozymandias. El que fuera su compañero pretende emular un ataque extraterrestre a diversas ciudades clave del mundo para acabar con las tensiones políticas y aunar a todas las potencias contra un enemigo inexistente. Tras un viaje hasta su refugio de la Antártida en Karnak, los Vigilantes descubren que Ozymandias ya ha iniciado el ataque exterminando a buena parte de la población mundial. Contemplando cómo todos los políticos reaccionan mostrándose dispuestos a negociaciones con sus enemigos tal y como había previsto Ozymandias, los superhéroes acuerdan guardar silencio para que el sacrificio de los inocentes no sea en vano, con la excepción de Rorschach; quien se dispone a volver a la civilización para revelar la verdad, pero fracasa al ser eliminado por el Doctor Manhattan.


Resulta alentador comprobar cómo los dos héroes más trabajados de la novela gráfica, con personalidades más complejas e incluso más atrayentes (Rorschach y el Comediante) tengan en común una psicopatía basada en el goce frente al dolor ajeno y una ideología ultraderechista, características que en cualquier personaje real provocan por lo general rechazo y aversión. La construcción de su ideología política se ve perfectamente resumida en el muy estimulante análisis de Rafael Marín W de Watchmen, que describe al Comediante como “un fascista sin pensamiento hasta que la realidad le da en la cara y entonces advierte que su vida ha sido un absurdo”, y a Rorschach como “un fascista convencido (o dos fascistas convencidos, el hombre de la máscara y el hombre de la pancarta que se alternan día y noche en el mismo cuerpo), […]. Algo ingenuo, el detalle de dejar en el buzón su diario personal nos indica que cree en la libertad de prensa”.


No obstante, su postura respecto al Gobierno y a la Ley es diametralmente opuesta: mientras Rorschach es perseguido por las fuerzas policiales y relegado a los círculos más bajos de la ciudad (no por nada su álter ego es el típico exaltado-iluminado que circula errante por las calles con un cartelón que reza “El fin está cerca”), el Comediante se codea con la élite, es respetado por los “peces gordos” y se permite bromas macabras que revelan al lector su papel en la Historia (ficticia) del país: mientras que el Doctor Manhattan es requerido por Nixon para ganar la Guerra de Vietnam (y de paso demostrar a los comunistas el poder que enarbola su “arma” particular), el Comediante insinúa haber participado en el asesinato del presidente Kennedy en Dallas y se regodea con la aparición de los cadáveres de Woodward y Bernstein en un garaje durante su investigación de los sucesos del Hotel Watergate, donde también se presupone que su ejecución ha sido llevada a cabo por el Comediante.


De este modo se ven acalladas de un modo dictatorial estas voces disonantes que llevaban a cabo una de las grandes investigaciones de la historia del periodismo del siglo XX; investigación que se ve interrumpida por el Comediante y permite al presidente Nixon ser reelegido hasta 1985 (año en el que se sitúa la historia), rodeado de personalidades de la talla de Henry Kissinger y manteniendo en el cargo de vicepresidente a Gerald Ford, quien le acompañó en la realidad durante los años setenta. No obstante, tras el trágico desenlace de Watchmen, Nixon decidirá no presentarse a un sexto mandato dejando la candidatura a Robert Redford (actor de cine, al igual que quien fue su sucesor en la realidad, Ronald Reagan).


Respecto al papel de los medios de comunicación en Watchmen, son dos periódicos ideológicamente rivales entre sí los que a lo largo de las páginas intervienen en momentos decisivos, sirviendo uno de ellos como único apoyo a los rudos métodos fascistas de Rorschach, apoyo que será crucial para la resolución de la trama final.


El periódico de izquierdas es Nova Express, diario que toma su nombre de una novela de William Burroughs. Es crítico con todos los superhéroes salvo Ozymandias, a quien concede una entrevista para que hable de su carrera como enmascarado, y cuya publicidad se ve sostenida básicamente por los productos comercializados por éste. Nova Express será utilizada por Ozymandias para desplegar la confabulación contra el Doctor Manhattan de mentiras y rumores infundados sobre sus conocidos y allegados que sufren cáncer, consiguiendo así el exilio del héroe azul al planeta Marte, al menos durante los días que Ozymandias necesita para completar su plan. Nova Express puede tomarse como el gran ejemplo de los periódicos reales manipulados por empresas poderosas de cualquier tipo con intereses ocultos de toda índole (de modo un tanto operístico, en este caso es una “destrucción del mundo”, aunque cabe destacar que Ozymandias también se sirve del diario como un medio más de publicitar sus productos).


El otro gran periódico es The New Frontiersman, conservador y derechista que apoya a los héroes enmascarados en general y a Rorschach en particular. En una de sus páginas podemos ver cómo no termina de descalificar las tropelías cometidas por el Ku Klux Klan, y arremete brutalmente contra su más directo competidor, Nova Express. Sensacionalista y polémico, es el periódico favorito de Rorschach. The New Frontiersman tendrá una importancia capital en la historia cuando tras resolverse el misterio de Ozymandias, Rorschach teme volver con vida (finalmente descubrimos que sus recelos, por una vez, no eran infundados), por lo que deja en la redacción del periódico su diario personal, en el que ha ido detallando todos sus avances paso a paso.


La obra se cierra con el editor del periódico ordenando a uno de sus empleados que busque algo con lo que rellenar la columna de dos páginas que antes de la catástrofe era pura propaganda panfletaria anticomunista, pero debido a los avances del Gobierno en política exterior (es decir, ahora que los rusos son aliados y no enemigos) el editor no puede permitirse hablar mal del pueblo soviético (muy a su pesar, pues a lo largo de la obra reniega varias veces de la comida que trae su empleado, comprada en una hamburguesería de nombre ruso). El empleado obedece, y vemos cómo su mano derecha se acerca lentamente al diario de Rorschach. El cómic se cierra así, por paradójico que suene, con un final abierto.


Por lo tanto, cabe preguntarnos si realmente el periódico publicará la historia de Rorschach (atando los cabos sueltos consistentes en la información que Ozymandias proporciona a sus compañeros en su refugio de Karnak) mostrándonos de nuevo la caída de un poderoso (en este caso, el propio Ozymandias) a partir de un medio de comunicación ultraderechista que más que escribir para un público escribe para una ideología, como deja ver el extracto de un editorial de uno de los ejemplares del periódico recogido al final de uno de los doce capítulos. Ozymandias es el único superhéroe al que The New Frontiersman no apoya. Marín lo refleja de esta manera:


"Quizá, después de todo, las sospechas y acusaciones de The New Frontiersman sean reales y, pese a las apariencias, Adrian Veidt [Ozymandias] sea en el fondo un líder comunista mesiánico infiltrado que ha logrado por fin penetrar en la sociedad capitalista, a sus expensas, para su provecho”.


Y, por supuesto, en el caso de publicarla, también cabe preguntarnos si resultará creíble para los (escasos) ciudadanos supervivientes que probablemente busquen más apoyarse en una religión o en un mensaje positivo de “paz y amor” como el que predica Ozymandias a contagiarse del veneno retórico que enarbolaría un periódico tan marcadamente político (sea de la ideología que sea) o sacudir un sistema político enfrentado a la peor crisis de su historia, cuyos cimientos jamás antes habían estado tan débiles.


La mano débil del gobierno, las protestas del ciudadano, la “ejecución” de las voces disonantes u opositoras… no son exclusivas de Watchmen. Nuestra última ucronía también conserva varias de estas características, a pesar de situarse en un contexto histórico casi cincuenta años antes. Seguimos en Estados Unidos (concretamente en Newark), donde a lo largo de algo más de dos años se desencadena una de las ucronías más brillantes de la historia de la literatura contemporánea, reservando un papel especial a la radio y (por vez primera) a un periodista real, enfrentado, como la mayor parte de los personajes de la trama, a La conjura contra América.


La conjura contra América: el poder de la radio en las campañas políticas


La conjura contra América es una ucronía escrita por Philip Roth en 2004, y que se ubica a principios de los años 40. Su argumento, resulta sugerente y provocativo como pocos, indudablemente original para el concepto de ucronía en particular y para el de novela en general. Su forma guarda la de autobiografía de un niño que narra a través de sus ojos inocentes los horrores que presencia, supeditados en su lenguaje y en su particular orden de prioridades por asuntos personales, de menor calado, pero que jalonarán su etapa de transición desde la niñez a la pre adolescencia.


Mientras el pequeño Philip vive con sus padres, su hermano Sandy y su primo Alvin en Newark (Nueva Jersey), se preparan las elecciones a la presidencia. El candidato demócrata Franklin Delano Roosevelt se presenta como favorito a un segundo mandato, y el republicano Wendell Willkie está a punto de ser elegido como candidato a la presidencia por su partido. Pero cuando los republicanos están estancados en una votación durante la Convención Republicana de 1940, aparece con su avión el respetado Charles A. Lindbergh, el hombre que fue considerado el héroe de América tras realizar el primer vuelo transoceánico sin escalas desde Nueva York hasta París en 1927, y cuya simpatía a nivel nacional creció tras conmocionar a todo el país con el secuestro y posterior asesinato de su hijo, el bebé Lindbergh, en uno de los misterios más apasionantes y desconcertantes del siglo XX. Lindbergh es aclamado por los republicanos y elegido como candidato a la presidencia para enfrentarse a Roosevelt, elecciones que gana por una amplia mayoría. A partir de aquí la política exterior de Estados Unidos cambia radicalmente al aislacionismo para con los europeos, próximos a la Segunda Guerra Mundial con Alemania, mientras que en la política interior se sufre un paulatino y asfixiantemente lento cambio de ideología hasta llegar al racismo más descarnado hacia los judíos norteamericanos (pogromos incluidos), que vivirá con especial intensidad la familia del pequeño Philip, en especial por el más profundo rechazo de su primo Alvin hacia el nuevo presidente (lo que le llevará a alistarse en la guerra contra Alemania enrolado en el ejército de Canadá, perdiendo una pierna durante el conflicto), y por la simpatía que despertará este régimen en el joven Sandy, ávido dibujante de todo cuanto le rodea y especial entusiasta de la figura de Lindbergh. Estos hechos causarán en la familia y en el pequeño Philip grandes tensiones, agravadas por el matrimonio de de conveniencia entre la tía Evelyn con el rabino Bengelsdorf, uno de los hombres de confianza del presidente. Por otro lado, la política del presidente Lindbergh tocará muy profundamente a la familia vecina de los Roth, los Wishnow. Su hijo, Seldon, busca desesperadamente el cariño de Philip, quien siente hacia él una mezcla entre compasión y desprecio. Éste es uno de los sucesos que en la narración del pequeño Philip adquieren más importancia que los grandes cambios que sacuden al país, insinuados en los ataques de rabia y dolor impotentes del padre o de los breves partes de radio o cinematográficos que Philip tiene ocasión de presenciar (aunque raras veces de entender).


La ucronía no comete el error de extenderse demasiado: apenas dos años después de subir al poder, el presidente Lindbergh desaparece surcando los cielos en su avión tras dar un discurso en Louisville, camino a la Casa Blanca. Su avión nunca aparece. Más adelante se nos revela cómo toda la historia ha sido una maniobra política de los alemanes con Hitler a la cabeza, que mantienen con vida y educado bajo tutela nazi al “bebé” de Lindbergh (en este momento, un apuesto y rubio quinceañero), manteniendo a Lindbergh como títere del Führer, y principal expansionista de la política alemana en el Nuevo Continente. Tras la desaparición de Lindbergh será el vicepresidente Burton K. Wheeler quien tome el poder agravando la situación y ante las protestas de la primera dama, hasta que en 1945 Roosevelt recupere el cargo, para ejercerlo tan solo por el breve periodo de un año (muriendo el mismo día que en la realidad, unas pocas semanas antes de la rendición incondicional de Alemania ante las potencias aliadas).


La conjura contra América añade como apéndices a la ucronía una colección de biografías reales de los principales protagonistas de la historia (con la humilde excepción del mismo Philip Roth) a partir de los cuales llegamos a descubrir, por ejemplo, que en realidad Lindbergh siempre prefirió mantenerse alejado de la ajetreada vida política y “tomar posiciones políticas como ciudadano particular”, o que Burton K. Wheeler animó en un principio la nominación de Roosevelt como candidato demócrata, pero que finalmente dio un giro ideológico de ciento ochenta grados hasta alinearse con republicanos y demócratas sureños, para después convertirse en una de las figuras más representativas aliadas con el anticomunista Joseph McCarthy. Asimismo podemos encontrar una transcripción del discurso pronunciado por Lindbergh en Des Moines el 11 de febrero de 1941, cuyas palabras colaboran mucho a la construcción del personaje ficticio, siendo ambos profundamente antisemitas y partidarios de la no intervención del país en la Segunda Guerra Mundial.





A nivel de ucronía, La conjura contra América narra una autobiografía de un niño que presencia con horror cómo su entorno se vuelve progresivamente más antisemita, creciendo una sensación de peligro extremo en torno a él, a su familia y a sus seres cercanos. Este modus operandi narrativo remite inmediatamente a El diario de Ana Frank, pero en realidad guarda un parecido mucho más estrecho con otra autobiografía, La niña del abrigo rojo, un peculiar recorrido artístico-personal de la pintora y diseñadora Roma Ligocka que escribió su crónica particular de sus años en la Polonia ocupada tras verse reflejada en la aclamada película de Steven Spielberg La lista de Schindler. Y también, tanto Roma Ligocka como Philip Roth cometen el error (disculpable, todo hay que decirlo) de utilizar palabras y expresiones que les hacen reconocibles estéticamente (a ella como artista plástica, a él como experto “juntaletras”) pero que en boca de sus trasuntos infantiles suenan totalmente fuera de lugar (¿un niño de ocho años se para a pensar si la palabra “pierna” es abstrusa?).


¿Y cuál es el poder de los medios en La conjura contra América? Hasta ahora hemos omitido deliberadamente el papel de uno de los principales protagonistas: un periodista real, que vivió en nuestros días, y cuyo rol en La conjura contra América es punto vertebral para la vida tanto de políticos como de anónimos ciudadanos, judíos o no: Walter Winchell. Hoy, el nombre de Walter Winchell le dice muy poco al hombre europeo. En la reciente Enemigos públicos (2009, Michael Mann) un J. Edgar Hoover interpretado por Billy Crudup ordena a uno de sus subordinados que la prensa debe extender la noticia de la búsqueda y captura de John Dillinger que el FBI se ha propuesto llevar a cabo, por lo cual éste debe “avisar a Walter Winchell”. En la realidad, Walter Winchell (que cuenta con la biografía cinematográfica Winchell, protagonizada en 1998 por Stanley Tucci) fue un ex actor de vodevil que trabajó como columnista para el todopoderoso William Randolph Hearst, aunque se popularizó más como locutor radiofónico de noticias de sociedad. Frecuenta clubes nocturnos a los que asisten celebridades, y se le considera uno de los precursores de la llamada “prensa rosa”. El apoyo que el periodista le presta abiertamente a Roosevelt le crea enemistades con Hearst, que culminarán en el punto en el que éste último le censure artículos en los que critica al candidato republicano Wendell Willkie. Durante la etapa que cubre la novela su labor no difiere mucho de la de la realidad: en la realidad también atacó a Lindbergh acusándole de pronazi (sobre todo a raíz del polémico discurso en Des Moines), y tras la guerra, al igual que Burton K. Wheeler, se hizo anticomunista y su ideología se encaminó hacia la extrema derecha. Fallecerá en 1972, olvidado y enterrado en un discreto funeral al que solamente asistirá su hija.


Pero en La conjura contra América Winchell acabará desempeñando un papel aún más fundamental: no solamente es el único apoyo de Roosevelt dentro de los medios, sino también de los miles de judíos norteamericanos desorientados y confusos ante un nuevo gobierno que ya no les quiere. Winchell, fiel a sus principios, pronuncia comentarios viscerales contra el presidente Lindbergh un día sí otro día también, y critica la política aislacionista, el colaboracionismo con los alemanes y el profundo antisemitismo del líder norteamericano. Censurados sus artículos y columnas del periódico Daily Mirror por Hearst y posteriormente clausurado su programa radiofónico por el propio gobierno, Winchell decide presentarse como candidato demócrata para las elecciones siguientes, cuando termine el mandato de Lindbergh. Aclamado por multitud de judíos, ganando adeptos para su causa, Winchell será asesinado en La conjura contra América durante un mitin político en 1942 (la comparación con Bobby Kennedy resulta poco menos que irresistible, del mismo modo que la extraña muerte de Lindbergh es enormemente similar a la de la aviadora Amelia Earhart), hundiendo de nuevo a los judíos en general (y al padre del pequeño Philip en particular) en la más profunda desesperación, conscientes ya de que nadie se atreverá a enfrentarse al gobierno republicano.


Lo que aquí se nos presenta es cómo un columnista, un periodista que es el máximo exponente de la prensa de cotilleos en Norteamérica es capaz de hacerle frente dentro y fuera de los medios de comunicación al máximo dirigente político del país. Puede que no sea la intención última de Philip Roth (más centrado, como en todas sus novelas, en el tema judío per se) pero el hecho de que Winchell sea capaz de crear a su alrededor un entourage político primero y una no poco numerosa audiencia después por su carisma más que por sus dotes políticas dice mucho del criterio del elector norteamericano medio, más ansioso por ver en cargos de poder a caras conocidas que a gente realmente competente. Los ejemplos más inmediatos ya han dado sus frutos: maduras quedan ya las “hazañas” perpetradas por Ronald Reagan, y mucho se ha hablado también de alguna salida de tono del gobernador de California Arnold Schwarzennegger, emisor de mensajes ocultos y ofensivos en forma de acróstico (al más puro estilo de Fernando De Rojas) a sus rivales políticos. Si bien es cierto que aún no hemos tenido ocasión de volver atrás en el tiempo y comprobar si estas ucronías pesadillescas se hacían realidad, es indudable que en ellas los medios de comunicación han gozado de un gran estado de salud y de un amplio espectro de poder sobre los ciudadanos e incluso sobre los gobiernos. Tanto en estas ficciones de Historia alternativa como en la Historia que, para bien o para mal, nos ha tocado vivir.